El riesgo ambiental tiene una particularidad que complica a quienes operan en varios territorios: no se manifiesta de la misma manera en todas partes. Mientras algunas regiones enfrentan exceso de agua, otras se preparan para déficits hídricos más severos, con especial presión sobre el Caribe.
Una empresa con operaciones en distintas zonas del país o del continente puede tener una sede preparándose para la sequía y otra para el exceso de agua. Por ejemplo, el fenómeno de El Niño en la costa norte de Perú y Ecuador suele traducirse en lluvias e inundaciones, mientras que en buena parte de Colombia provoca sequía, calor y deslizamientos.
En el primer trimestre de 2026, lluvias inusuales para la temporada seca provocaron inundaciones en al menos 22 departamentos, con Córdoba entre los más golpeados, y dejaron pérdidas en cultivos y ganadería.
| Pérdidas asociadas al clima extremo en América Latina | ||
| País / evento | Fecha | Pérdidas (USD millones) |
| Colombia — inundaciones | Enero 1 — Febrero 20 | 2.200 |
| Chile — incendios | Enero 1 — Enero 20 | 500 |
| Brasil — sequía | Enero 1 — Marzo 31 | 250 |
| Brasil — inundaciones | Febrero 19 — 12 | 50 |
| Perú — inundaciones | Febrero 23 — 24 | 200 |
| Ecuador — inundaciones | Enero 1 — Marzo 31 | 150 |
Fuente: Q1 2026 Gallagher Re Natural Catastrophe and Climate Report
Por qué Colombia está expuesta
La exposición del país no es casual. Una parte importante de su energía proviene de fuentes hidroeléctricas, por lo que una sequía prolongada no solo afecta al campo, sino que también presiona el suministro eléctrico del que dependen fábricas, centros de datos y cadenas de frío.
El agro, sensible a la temperatura y a la disponibilidad de agua, ve comprometidos tanto su rendimiento como su calidad. En Colombia, la agricultura, la ganadería, la silvicultura y la pesca emplean al 14 % de la población, lo que significa que el impacto climático también se traslada a la economía.
A esto se suma una brecha en la protección, pues el país cuenta con más de 42 millones de hectáreas de tierra cultivable1 y menos del 3 % de ellas están cubiertas por un seguro.2 Un fuerte episodio de El Niño puede presionar la inflación de alimentos en 3,9 puntos porcentuales y afectar el crecimiento del sector agropecuario.
Cuencas bajo presión e infraestructura asentada sobre laderas y ecosistemas degradados aumentan la vulnerabilidad física de los activos, a lo que se suman las tensiones socioambientales en torno al agua y la tierra, que añaden capas de riesgo operativo y reputacional.
El calor sostenido también afecta a las personas. En actividades al aire libre como la construcción, el agro, la energía y el transporte, la capacidad de trabajo puede caer hasta la mitad cuando las temperaturas superan los 34 °C, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), lo que aumenta la probabilidad de accidentes que interrumpen la operación.
Hay un detalle menos visible pero clave para cualquier gerente de riesgos: buena parte de los activos más expuestos, como las construcciones en zonas de alta pendiente, suele quedar fuera de las evaluaciones de riesgo de las aseguradoras.
Y se anticipa un fenómeno de El Niño fuerte
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA por sus siglas en inglés) mantiene activa la vigilancia de El Niño y estima un 82 % de probabilidad de que el fenómeno se consolide entre mayo y julio de 2026 y un 96 % de probabilidad de que persista en su pico entre diciembre de 2026 y febrero de 2027. Su intensidad final todavía es incierta — ninguna categoría supera el 37 % de probabilidad — y la propia NOAA advierte que un evento más fuerte no implica necesariamente impactos más severos.3
El episodio anterior lo ilustra. Técnicamente, el Niño de 2023-2024 no fue tan fuerte como sus predecesores, y aun así sus efectos fueron más severos en varias zonas: la falta de lluvias llevó a ríos de la cuenca del Amazonas a sus niveles más bajos en 120 años4 y alimentó incendios que arrasaron el Pantanal en Brasil.
Para las empresas, esto cambia la lógica de preparación. Ya no basta con seguir la etiqueta del fenómeno débil, moderado o fuerte, sino que resulta necesario entender cómo puede amplificar vulnerabilidades ya existentes en energía, agro, infraestructura, logística y costos operativos.
Gestionar este riesgo de forma adecuada permite demostrar un enfoque serio y trazable, alineado con los compromisos ambientales, sociales y de gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés) definidos en su estrategia corporativa. Ese desempeño puede pesar en el acceso a financiación, ya que la evidencia académica asocia un mejor desempeño ESG con mejores resultados financieros en el largo plazo.5
Prepararse no cambia el clima, pero sí define desde qué posición una organización lo enfrenta. Ahí es donde el acompañamiento de un asesor de riesgos resulta clave, al traducir un panorama complejo en un plan concreto de prevención y transferencia.
Cuando las coberturas tradicionales se quedan cortas, los seguros paramétricos (que pagan al cumplirse un parámetro medible, como un nivel de lluvia o un índice de sequía, sin esperar a que se cuantifique la pérdida) aceleran la respuesta. Eso importa especialmente en geografías donde la inspección es costosa o inviable, como predios dispersos, zonas de alta pendiente o áreas con acceso difícil.